Derechos humanos y seguridad ciudadana.

Juliana G. Quintanilla y José Martínez Cruz

México atraviesa por una grave crisis de derechos humanos. De manera contradictoria, se ha legislado para llevar a rango Constitucional este derecho y en la práctica aumentan día a día las violaciones a estos derechos. No es suficiente tener un discurso sobre derechos humanos, hay que forjar una verdadera cultura en la vida cotidiana de respeto a los mismos. Conciencia y organización de nuestro pueblo para exigir que se cumplan son el binomio insustituible para conseguir que se apliquen y ejerzan.

Los derechos humanos son progresivos, solo en la medida en que se articulan políticamente y se asumen socialmente, si se logra conjugar un proyecto con la historia y la conciencia organizada.

Derecho que no se conoce no se ejerce. A eso le han apostado los gobiernos neoliberales que niegan el conocimiento de los mismos y tratan de imponer únicamente sus concepciones ideológicas a través de leyes a modo, contradictorias o francamente retardatarias.

En ese sentido la insistencia del gobierno federal en torno a la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional, que legaliza acciones que desde los derechos humanos, son violatorias del derecho internacional y la dignidad humana. La militarización de la seguridad pública y la presencia del ejército en las calles han incrementado la ola de violencia. La estrategia de combate al crimen organizado ha ocasionado la existencia de miles de víctimas. A este clima de violencia se suman agravios históricos como la desaparición forzada de personas, el feminicidio, la criminalización de movimientos sociales y defensores de derechos humanos.

La guerra llevada a cabo por el gobierno de Calderón por el control monopólico del narcotráfico en México (de acuerdo al Informe Bourbaky) busca utilizar las ganancias capitalistas de este sucio negocio y no eliminarlo. Las ganancias se maximizan, las consecuencias las pagan la mayoría de la sociedad. El consumo de drogas se eleva, casi en la misma proporción que el número de muertos (más de 60 mil según algunas fuentes como el semanario Zeta, 46 mil según el sistema nacional de seguridad pública) desaparecidos (15 mil según algunas fuentes, 1500 documentados por familiares), heridos, presos, huérfanos. Las ejecuciones extrajudiciales y la desaparición forzada crecen exponencialmente, la tortura se generaliza y el temor se extiende entre poblaciones enteras por los cateos ilegales y las detenciones arbitrarias.  Es la lógica policiaca-militar autoritaria la que busca paralizar la protesta social, se criminaliza a quienes denuncian y se oponen a esta forma de imponer decisiones políticas, la antidemocracia pone en riesgo las más elementales garantías constitucionales y libertades democráticas. La violencia se enfrenta con actos de autoritarismo y  violando los derechos humanos. Las consecuencias están a la vista: Los derechos fundamentales se violan cotidianamente, y se invisibilizan. No se garantiza la justiciabilidad plena de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. El capitalismo los viola sistemáticamente en aras del lucro y la ganancia. Sólo respeta el derecho a la propiedad privada de unos cuantos (1% mundial dicen los indignados, 300 familias en México señala AMLO). En un mar de pobreza (56 millones según Boltvinik), informalidad en el empleo (27 millones según Inegi), jóvenes sin acceso a educación y empleo (15 millones según la UNAM), con salarios con poder adquisitivo similar a 1976 (según Fernández Vega), estos derechos son imposible de ejercer por parte de la mayoría de la población. Están en el fondo de la injusticia social, la exclusión, la concentración del poder financiero, la desnacionalización de la economía.

 

Una política de seguridad humana requiere cambiar paradigmas sobre la seguridad pública entendida como protección de las instituciones de gobierno por una seguridad ciudadana, donde la policía esté capacitada, cercana y controlada por la población, un verdadero combate a la impunidad delictiva, así como impedir que las fuerzas armadas del Ejército y la Marina sigan realizando tareas de represión interna que constitucionalmente no les corresponden y que  ha traído un alto costo en vidas humanas, militares y policías incluidos pero sobre todo civiles. El ejército debe estar en los cuarteles y defender la soberanía nacional hoy violada por agentes de la DEA y militares yanquis. La seguridad y los derechos humanos no están peleados, deben ir juntos para enfrentar la violencia y la impunidad. Ni mano dura ni autoritarismo son la solución. Los derechos de las víctimas forman parte indisoluble de los derechos humanos. Es necesario vincular seguridad ciudadana y derechos humanos mediante una política integral que atienda las causas estructurales de la desigualdad, la injusticia y la violencia, con evitar toda clase de abusos por parte de las autoridades.

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