Memoria indómita

Juliana G. Quintanilla y José Martínez Cruz

Recordar es parte de la vida misma. Generaciones enteras heredamos conocimientos que, si somos capaces de aprender, transmitiremos a quienes siguen. Somos seres humanos racionales precisamente por la capacidad de no olvidar. Elemental. No pareciera tanto. Sobre todo cuando de acontecimientos históricos recientes hablamos. Si queremos construir nuestro propio futuro, sin esperar a que alguien decida por nosotros, requiere información y conciencia organizada. Y si duele, es porque aun tenemos la vida. Memorizar como ejercicio mecánico de repetición es parte de la socialización sin profundización. Lograr que la memoria no sea sometida a los designios del poder es la posibilidad de transformar lo que nos hiere y lastima. Memoria indómita, que no se doblega, es lo que nos transmiten las madres de los desaparecidos. No se rinden, no se venden, no claudican. Es su legado. Y no se ufanan de ello. Lo transmiten con sencillez y con esa forma que tienen las madres cuando dan consejos a sus hijos a la distancia. En los silencios de la noche, en el recuerdo, con el corazón apretando por dentro. Como se recuerda a los desaparecidos. A quienes imaginamos sin imaginar. A quienes tenemos presentes aun cuando no sabemos nada de ellos. O casi nada. Desde que se los llevaron de sus casas en las sombras de la noche iluminada por torretas de las patrullas de antaño. Cuando fueron perseguidos con todo el poder del estado represivo del priismo que amenaza con regresar por sus fueros. Cuando arrasaron con poblados enteros que daban alimento a los alzados, a los rebeldes, a los acusados de ser “robavacas” y se les lanzaba metralla desde avionetas en las orillas de la sierra o se tiraba a patadas las endebles puertas de bajareque o de los cuartos de vecindad hasta donde llegaban militares y policías de la “Brigada Blanca” a insultar y vejar para arrancarlos de sus trincheras de lucha. Como ocurrió desde 1969 con Epifanio Avilés Rojas en un poblado de Guerrero, con el que inicia la larga cadena de desapariciones forzadas que impulsaron a las madres que hoy reciben un homenaje precisamente por no permitir que cayera en el olvido la sonrisa de sus hijos que están más presentes que nunca.

Y al recordar estos y otros casos la voz de Rosario Ibarra da paso a la de su hija Rosario Piedra para que responda a las emocionadas palabras de las organizaciones de académicas e intelectuales que se reúnen en este Museo Casa de la Memoria Indómita para rendirles un homenaje al declararlas “Mujeres del año 2011-2012”, y estremece cuando revela el sufrimiento que implica perder a la persona amada que es orillada al suicidio mismo, a la inmolación, para tratar de proteger a los suyos. La desaparición como una tortura permanente que no mata pero que no deja vivir a quien la padece. Delito de lesa humanidad, que no prescribe con el paso de los días y los años, que lacera la dignidad humana, que mientras permanezca en la impunidad seguirá haciéndonos gritar esa consigna de “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Los días y las noches de insomnio, en las cárceles clandestinas, con la tortura brutal que sufrieron por órdenes del gobierno priista durante los años 70 y 80 no se han ido. Si fueron cientos de desaparecidos durante los gobiernos de Echeverría, López Portillo y De la Madrid, con Salinas y Zedillo disminuyeron en cantidad pero se extendieron los asesinatos que con el panista Calderón han llegado a niveles demenciales de miles de desaparecidos y asesinatos, ya no solo a activistas y militantes, sino a casi cualquier persona a lo largo y ancho del país. El feminicidio es parte de esta criminal política de violencia institucional, de militarización y estado policiaco.

Sabemos que en la actualidad hay doble victimización y se legisla para una ley de víctimas que ni siquiera se respeta en lo más mínimo, porque el ejercicio del poder pretende legitimarse mediante el engaño, la manipulación mediática, la imposición, el autoritarismo, la represión y el fraude que pretende repetirse de manera ya sistemática en 2012 como lo fue en 2006 y en 1988.

Un homenaje que se traga las lágrimas y resuena en un grito de exigencia. Un reconocimiento que este país en su conjunto les debe a las madres que luchan. Porque han sabido educar a generaciones enteras en la dignidad y la resistencia. Porque este país sería peor si no contáramos con el ejemplo de las madres de Eureka. Porque este país sería mil veces mejor si tuviéramos entre nosotros y nosotras a quienes hoy están desaparecidos, en algún lugar, por los que quieren seguir imponiendo su autoritarismo por encima de la voluntad popular. Un homenaje que representa la esperanza de un futuro mejor, donde no impere la impunidad y donde se escuche fuerte el silencio y no haya más otras noches de Tlatelolco que nos empañen la esperanza que merecemos todas y todos. Hoy desde aquí decimos, que la única lucha perdida es la que se abandona.

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