El machismo mata

Juliana G. Quintanilla y Alejandra Domingo Portillo.

Mariposa libre, que vive, que sueña, que quiere ser, canta Sting y nos hace recordar a las “mariposas” hermanas Mirabal, asesinadas por la dictadura de Leonidas Trujillo en República Dominicana un 25 de noviembre, que dio origen al dia internacional de lucha contra la violencia hacia las mujeres. Y si bien es cierto desde 1981 el movimiento feminista estableció esta fecha, ampliada a 160 países por resolución de la ONU en 1999, la realidad nos enseña que las mujeres siguen muriendo año tras año por este terrorismo machista, siguen sufriendo en su vida y en la de sus hijos e hijas agresiones físicas y psicológicas, siguen viviendo, demasiadas veces en silencio, un infierno del que es muy difícil escapar. Por eso es que diversas organizaciones de derechos humanos y feministas gritamos que el machismo mata, que la violencia feminicida crece en Morelos y en todo el país, que no podemos callar ni dejar de gritar para exigir que las instituciones y autoridades cumplan con su elemental trabajo de garantizar el derecho a la vida, la seguridad y la libertad de las mujeres. Y si bien es cierto que hay organizaciones que le apuestan a incorporarse la vida institucional, lo menos que podemos esperar es que mantengan la coherencia con la exigencia pública de ir a fondo con la aplicación de políticas públicas que no admiten demora y, mucho menos, descalificación por parte de funcionarios que no se ruborizan al cuestionar los avances legales en materia de feminicidio, por ejemplo.

Por eso estamos convencidas de que no hay nada que celebrar, y si mucho que reflexionar.
La situación de las mexicanas y de muchas mujeres en el mundo  continúa marcada por la discriminación y la violación a sus derechos fundamentales. En México los números son contundentes: una de cada cuatro sufre violencia doméstica, una de cada cuatro ha sido violada o sufrido intento de violación, una de cada cuatro es acosada sexualmente en el trabajo. En pleno Siglo XXI persiste la exclusión, explotación y violencia hacia las mujeres,

Es ya público que la violencia está profundamente arraigada en las relaciones estructurales de desigualdad entre los sexos. Y se reconoce también, en las últimas décadas, la importancia de defender los derechos humanos de las mujeres, como una forma de garantizar la convivencia pacífica entre la sociedad. El Estado mexicano, como firmante de la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, 1981), tiene la obligación de adoptar medidas de carácter legislativo, políticas públicas administrativas o de otra índole, necesarias para que las mujeres puedan acceder al disfrute de sus derechos en condiciones de seguridad e igualdad. En los años recientes, las propias mujeres han generado diversas herramientas para erradicar la discriminación y promover la igualdad y el empoderamiento femenino.

Generalmente, las mujeres que padecen hechos de violencia tienen reticencia a denunciarlo, porque hay total desconfianza en que las autoridades hagan justicia y castiguen al agresor.
La búsqueda de ayuda institucional es un  proceso de concientización  de la sociedad en general y de la mujer en lo particular. Aunque el  problema de la violencia contra la mujer es un problema muy complejo se debe atajar desde la prevención, e impulsar políticas públicas para prevenir este delito, atender a las víctimas, procurar justicia y que realmente se aplique. Si la violencia es estructural, arraigada profundamente en la estructura patriarcal de un sistema capitalista que trata a las personas como mercancías, para usar y desechar, el machismo es su expresión autoritaria que llega al extremo de la violencia feminicida. Los datos del horror indican que 38 de cada 100 mujeres mayores de 15 años o más que viven en pareja han sufrido violencia emocional por parte de su cónyuge, 29 de cada 100 sufre violencia económica, 9 violencia física y violencia sexual.

México ocupa el octavo lugar en homicidios contra mujeres y sexto en violaciones, de acuerdo a un informe de la ONU. Nada que celebrar y mucho que reflexionar ahora que la violencia crece en nuestro país y se asesinan mujeres y niñas sin ninguna consideración.  Sólo 2 de cada 10 mujeres que vivieron violencia en su relación se acercaron a una autoridad a pedir ayuda, según datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2011.
De acuerdo con la misma fuente, alrededor de 30 por ciento de las mujeres violentadas que pidieron ayuda reportaron que el Ministerio Público y el DIF no hicieron nada por ellas ni les hicieron caso, sin embargo pese a estas cifras pocas saben que este trato también es violencia de género.

La educación a hombres, mujeres y niños nos hará seres humanos sin violencia. Educar para que se respeten plenamente derechos, como el Derecho a que los hombres compartan las tareas de la casa y la crianza de los hijos e hijas, Derecho a ir al médico cuando te sientas mal, a que te atiendan bien y con respeto en los centros de salud y a hacerte los análisis preventivos. Derecho a estudiar y a decidir la profesión que quieras. Derecho a trabajar fuera de casa con iguales salarios que los varones, y a que nadie te acose en el trabajo. Derecho a vestirte y a adornarte como te gusta. Derecho a proteger a tus hijas y a tus hijos del maltrato, del abuso sexual y el incesto. Derecho a heredar y a ser propietaria de tierras u otros bienes. Derecho a pasear, descansar y divertirte. Derecho a caminar por los campos o las calles sin miedo a que te digan groserías o intenten abusar de ti. Derecho a casarte con quien quieras y a divorciarte cuando lo decidas, recibiendo las debidas pensiones. Derecho a no ser explotada por tus hijos varones ni cargada de nietos y nietas por tus hijas mujeres. Derecho a participar en las reuniones y organizaciones sociales. Derecho a hablar en los medios de comunicación social. Derecho a ser feliz… ¡disfrutando de todos tus derechos!  ¿Cuántos de estos derechos disfrutamos  ya, cuántos todavía nos son negados y cuántos estamos  reclamando?

Como organizaciones de mujeres desde una perspectiva feminista, sostenemos que defender los derechos de las mujeres, requiere de una acción organizada desde la sociedad, pues la democracia participativa necesita fortalecer la organización autónoma de la sociedad civil y mantener una exigencia para que las autoridades e instituciones cumplan con su papel de garantizar plenos derechos de las mujeres a una vida libre de violencia.

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