Los sótanos del poder y la memoria.

Juliana G. Quintanilla y José Martínez Cruz

La vida y la muerte. Valores absolutos. Sin embargo, la vida sin libertad es parecida a la muerte. Y una muerte sin memoria es como si no hubiese vivido. La muerte en vida es un sufrimiento permanente. No cesa. Terrible. ¿Quién puede causar más daño que el que ejerce un poder para arrebatar la vida y la libertad de las personas?
La desaparición forzada es un delito de lesa humanidad que no prescribe. Nadie desaparece. Lo desaparecen. Lo borran de la vida pública. Lo mantienen en lugares clandestinos. Ocultos. Ilegales. En los sótanos del poder. José Ramón García Gómez está desaparecido desde el 16 de diciembre de 1988. Fue el último día que alguien lo vio en un lugar público. Un cantante pasaba en un autobús de pasajeros cuando observó que lo detenían unos policías. Una señora dueña de una cocina económica se percató también del hecho. No se supo más de él. Existe un expediente de miles de fojas que siguen paso a paso lo ocurrido. Hasta perderse en los archivos del horror.
Una historia que se tejió desde las alturas del poder. Era el año del fraude electoral. Perdió Salinas en Morelos. El pueblo se levantó. Y desde el palacio de Gobierno se movieron los hilos. El Gobernador de entonces, Antonio Riva Palacio López, ordenó la creación del Grupo de Investigaciones Políticas de la Policía judicial. Al frente se encontraba Antonio Nogueda Carbajal como su Comandante. El operador del grupo era dirigido cotidianamente por Apolo Bernabé Ríos García. Los tres ya han fallecido. Este último en prisión acabado por las enfermedades y los remordimientos. El segundo luego de un atentado que le imposibilitó moverse. El primero de ellos, con honores en palacio de Gobierno, rendido por los gobernantes de los distintos partidos políticos, el suyo, el PRI, y el actual del PRD. Las alabanzas se escucharon y escribieron en todos los medios de comunicación. Pero el pueblo no olvida. Fue en las plazas públicas de los municipios del oriente de Morelos donde se recuerda a José Ramón y a una decena de luchadores sociales que fueron desaparecidos por ese grupo de la policía judicial. Un grupo que Riva Palacio negó haber creado.
Hasta que entregó un legajo de documentos a la Fiscalía Especial, en donde se encontraron documentos previos a la desaparición de José Ramón. Ahí se comprobó que se le perseguía políticamente. Y las Recomendaciones 5/91 y 7/92 de la CNDH lo documentaron ampliamente, solicitando investigación contra los autores materiales de la desaparición. Riva Palacio ha muerto, pero se lleva casos sin resolver, aun cuando tuvo que declarar por escrito ante la Fiscalía, la investigación no continuó por la caída del helicóptero donde viajaba el Fiscal, luego de que se apuntaba hacia la responsabilidad política de la desaparición al gobierno del Estado encabezado por Riva Palacio.
Los familiares de estos tres funcionarios han expresado su dolor por su ausencia. Respetamos ese dolor. Como el de cualquier persona que lo experimenta a la hora del adiós. Pero los familiares de José Ramón no han tenido la posibilidad de despedirse de él. Ni velarlo. Ni enterrarlo. Ni guardar luto. Ni experimentar el consuelo de saber lo que pasó. Ni sanar las heridas que muerden la conciencia. Una herida profunda que se abrió en Cuautla el 16 de diciembre de 1988 y no se ha cerrado. Por el contrario, se ha ampliado y extendido por todo el país.
Es verdad que desde el primer caso documentado por el Comité Eureka, de Epifanio Rojas Avilés, en 1969, fueron más de 600 durante los años 60s y 70s durante la guerra de contrainsurgencia encabezada por la Brigada Blanca, creada por Luis Echeverría y López Portillo. En la actualidad, bajo los gobiernos de Calderón y Peña Nieto, la cifra de desaparecidos ya representa una verdadera catástrofe humanitaria. Más de 27 mil desaparecidos, según algunas fuentes. Otras consideran que es mucho mayor el número. La impunidad campea en todo el país. Los gobernantes causantes de esta tragedia no son llamados a cuentas. Se les rinden homenajes cuando mueren. Se dice que son forjadores de la patria. Se les erigen monumentos. Aun cuando se han interpuesto denuncias penales ante instancias internacionales, como la que existe contra Calderón ante la Corte Penal Internacional. Estos se pasean en lugares exclusivos, disfrutando de las mieles del poder económico y político. Sin rendir cuentas de sus abusos. Sin atender el sufrimiento cotidiano de las familias que siguen muriendo en vida todos los días por no saber el paradero de sus seres queridos. ¿Qué obra más grande podrían hacer que garantizar la vida y la libertad del pueblo, al que juraron servir lealmente con la ley en la mano? Sus nombres en letras de oro no lograrán ocultar las lágrimas de dolor que causaron. Y tal vez, tal vez, algún día se logre establecer la verdad y se alcance la justicia que ellos, en vida, negaron.
¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Twitter: @cidhmorelos.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo articulos, CIDH, desaparecidos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s