Desaparecidos en Morelos: crimen de Estado, impunidad y desmemoria.

Por Roberto González Villarreal.
(Investigador, académico, escritor y colaborador de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Morelos)

En Morelos, la información disponible indica que a pesar de su cercanía con Guerrero, las primeras desapariciones se dan una vez que el fenómeno pasa a las ciudades y a otros sujetos de la desaparición. No los guerrilleros solamente, sino a todos aquellos que pudieran ser considerados individuos peligrosos: por sus relaciones, ideología, aspecto, entre otros. También por vínculos familiares. Es lo que sucedió con los que quizá sean los primeros desaparecidos en el estado: los hermanos Romero Flores, aprehendidos y desaparecidos por el teniente coronel Arturo Acosta Chaparro, el 9 de septiembre de 1976, poco antes de las 8 de la mañana.
Pastor Romero Flores tenía sólo 13 años, su hermano Justino había cumplido ya los 14. Eran hijos de Braulio Romero Vinalay, un militante del Partido de los Pobres, quien había huido de las persecuciones en Guerrero y se había refugiado en Cuernavaca. Pastor y Justino iban a su trabajo, en compañía de un amigo suyo de nombre Erasmo, cuando fueron interceptados por un grupo de agentes de la DFS vestidos de civil. Les dijeron que buscaban a su papá, pero que como no estaba, se los llevaban a ellos. A Erasmo lo soltaron más tarde, a los hermanos no.
Carlos Alberto Benavides Alcocer tenía 22 años, era estudiante, cuando fue desaparecido un 20 noviembre de 1976, también en Cuernavaca. La información de este caso es muy endeble, y muestra todas las perversiones del registro de un desaparecido, porque según otras fuentes fue desaparecido en el metro de la ciudad de México.
Víctor Miguel Álvarez García, era empleado, tenía 29 años, cuando fue detenido un 20 de julio de 1983, en Cuautla, por elementos de la Policía Judicial del estado de Morelos.
Adalberto Boyas Pacheco fue detenido y luego desaparecido un 31 mayo de 1988, en Jiutepec, por agentes de la Policía Judicial.
José Ramón García Gómez ya tiene demasiados años deaaparecido. Militante del PRT, fue detenido el 16 de diciembre de 1988, en Cuautla, por la Policía Judicial del estado cuando se trasladaba de casa de su madre a la casa de Alberto Tapia en donde tendría lugar una reunión del Frente Democrático Nacional. Todos estos casos son conocidos. Y siguen impunes. Es necesario recordarlos, porque en la impunidad se encuentra una de las razones del incremento acelerado de las desapariciones en tiempos recientes.
Para muchos, se ha banalizado la práctica; esto quiere decir que no es incidental, como antes, que no está circunscrita a cuetiones represivas únicamente, sino que desaparecen comerciantes, campesinos, albañiles, estudiantes, amas de casa, jubilados, niños, jóvenes, normalistas, militantes. Cierto: los segmentos sociales donde mayor desaparecen son los jóvenes. Y, en Morelos, ha diferencia de la media nacional, donde casi el 70% de los desaparecidos son hombres, aquí de cada 9 cuatro son mujeres. Jóvenes la gran mayoría.
Hasta junio de este año, refiere 3 desaparecidas del fuero federal, 2 en Cuernavaca, de 20 y 16 años años, la primera el 22 de agosto de 2010 y la segunda el 22 de octubre de 2014. En Jiutepec, desapareció una menor de edad, de 16 años, el 21 de abril de 2014.
En el fuero común, los casos son más. 92 registrados. 40 mujeres y 52 hombres. De estos, la mayoría en la zona conurbada de Cuernavaca. 16 en la ciudad, 9 en Temixco, 3 en Jiutepec, 3 en Zapata, 6 en Xochitepec, 3 en Puente de Ixtla, y 2 en Cuautla, Jojutla y en Tlaquiltenango, y 1 en Tepoztlán, Miacatlán, Ayala, Amacuzac, Zacatepec.
La desaparición de mujeres sigue un patrón similar. 10 en la ciudad de Cuernavaca, 7 en Jiutepec, 2 Xochitepec, 1 en Zapata, 2 en Jojutla, 1 en Puente de Ixtla 1, Cuautla 1, Temixco, 2, Tepoztlán 2, 3 en Yautepec , 1 en Tlaquiltenango, Tlaltizapan y Altavista.
Sin embargo, estas cifras deben tomarse con mucho cuidado. Por dos cuestiones: la primera es la enorme tasa de subregistro en todas las estadísticas criminales. En México más del 90%. Algunas asociaciones de familiares en lucha por la presentación de sus desaparecidos, hablan de que por cada 10 casos reales, se denuncia menos de 1. Y se atienden y resuelven mucho menos. Los cálculos más arriesgados dicen que menos del 2% de los denunciads se resuelven. Pero esto no debe verse como un dato firme, o bien establecido.
La segunda razón es porque estos datos sólo dan cuenta de las denuncias registradas durante 2014 y 2015, aunque se puedan referir a desapariciones ocurridas años antes. Por lo que el subregistro aumenta considerablemente. Tan es así que hace apenas dos años, mas o menos por estas fechas del 2013, se reconocían en el estado más de mil desapariciones ocurridas entre 2011 y 2012, así que todas estas cuestiones siguen esperando una clarificación y un estudio especial por parte de las autoridades responsables.
La cuestión es esto que hemos llamado la banalización de la práctica. Ahora cualquiera puede desaparecer. Las decenas de miles de desaparecidos en el país así l demuestran. Y aunque más de la mitad de los casos siguen concentrados en los estados del norte del país, principalmente en Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Baja California, Sonora, lo cierto es que cada vez más se disemina más.
En conclusión: si la desaparición forzada se conformó como una tecnología política en la guerra irregular, a principios de los años setenta, 40 años más tarde se puso a disposición de cualquier grupo, en cualquier lugar, por prácticamente cualquier cosa. Y cada vez de manera más flagrante. Mas evidente. Más cínica. Es cuando se acompaña del terror, de un sentimiento perceptible, real, que corta el aire, que enrarece los ambientes. Cuando se vuelve un secreto a voces, cuando los campos se llenan de fosas clandestinas, las ciudades se rodean de casas que no se pueden nombrar porque todos y todas saben lo que les o nos puede ocurrir, cuando las ligas entre fuerzas de seguridad, militares, policías federales y municipales con unas u otras fuerzas de las industrias criminales en competencia son tan evidentes que no las ven los sólo los que no quieren verlas y deberían atenderlas. Cuando todos y todas callamos sabiendo lo que ocurre.
Hoy, a nosotros, nos toca recoger la lucha iniciada por los familiares de los desaparecidos políticos desde mediados de los años setenta, y recordar que las decenas de miles desaparecidos de hoy día -en esa lucha que no es contra las industrias criminales, sino con las industriales criminales y contra la población, para expoliar, para inhibir conductas, para generar miedo- han sido posibles porque la práctica de la desaparición es un crimen de Estado, que se alimenta de la impunidad y la desmemoria.

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Archivado bajo Derechos Humanos, desaparecidos, represión

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