Las violencias que desgarran vidas en Morelos.

José Martínez Cruz/ La Jornada Morelos.

Las violencias cotidianas que desgarran vidas en Morelos pueden ser erradicadas con políticas integrales y estructurales que sean capaces de atender, prevenir y sancionarlas. Contrariamente a la idea de que así ha sido siempre, la historia demuestra que la violencia es una construcción social y política, muy lejana de la naturaleza de los seres humanos. En un artículo publicado en Rebelión, Michael Lowy dice: “La palabra “bárbaro” es de origen griego. Ella designaba, en la Antigüedad, a las naciones no griegas, consideradas primitivas, incultas, atrasadas y violentas. La oposición entre civilización y barbarie es, entonces, antigua. La misma encuentra una nueva legitimidad en la filosofía de los iluministas y será heredada por la izquierda. El término “barbarie” tiene, según el diccionario, dos significados distintos, pero relacionados: “falta de civilización” y “crueldad del bárbaro”. La historia del siglo XX nos obliga a disociar esas dos acepciones y a reflexionar sobre el concepto -aparentemente contradictorio, más de hecho perfectamente coherente- de “barbarie civilizada”. Si nos referimos al segundo sentido de la palabra “bárbaro” -actos crueles, inhumanos, la producción deliberada de sufrimiento y de muerte deliberada de no combatientes (en particular,
niños)-, ningún siglo de la historia conoce manifestaciones de barbarie tan extensas, tan masivas y tan sistemáticas como el siglo XX. Ciertamente, la historia humana es rica en actos de barbarie, cometidos tanto por las naciones “civilizadas” como por las tribus “salvajes”. La historia moderna, después de la conquista de América, parece una sucesión de actos de ese género: la masacre de indígenas americanos, el tráfico de negros, las guerras coloniales. Se trata de una barbarie “civilizada”, esto es, conducida por los imperios coloniales económicamente más avanzados, acumulación del capital.”
La barbarie cotidiana que estamos viviendo, en este sentido, tiene antecedentes que no podemos olvidar, como los que señala Lowy: “Las cuatro masacres que encarnan de manera más acabada la modernidad de la barbarie son el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica en Hiroshima, el Gulag estalinista y la guerra norteamericana en Vietnam. Los dos primeros son probablemente los más integralmente modernos: la cámara de gas de los nazis y la muerte atómica norteamericana contienen prácticamente todos los ingredientes de la barbarie tecnoburocrática moderna.”
Tampoco se trata de reducir la historia del siglo XX a sus momentos de barbarie: esa historia conoce también la esperanza, las sublevaciones de los oprimidos, las solidaridades internacionales, los combates revolucionarios… Ellos constituyen preciosos puntos de apoyo para la lucha de las generaciones futuras por una sociedad humana y solidaria.
En México, los niveles de violencia crecieron precisamente a partir de las políticas de terrorismo de Estado en contra de grandes movilizaciones sociales y políticas, como el 2 de octubre de 1968, el 10 de junio de 1971, las desapariciones forzadas de los años 70s, la guerra de Calderón por el control monopólico de las ganancias del narcotráfico, entre otras.
Es en éste contexto histórico que nos encontramos ante los niveles de violencia cotidiana que permean a nuestra sociedad y que terminan por estallar en el centro de la vida de tantas personas, lo mismo en los lugares más apartados de los reflectores públicos, que en medio de la ciudad y ante todos los medios de comunicación presentes.
Las desapariciones de los años 70s se hacían en la clandestinidad, tratando de ocultar la identidad de víctimas y victimarios. Sin embargo, ahí están los archivos secretos que deben abrirse para lograr la verdad y la justicia. Los 43 desaparecidos de Ayotzinapa fueron desaparecidos y en unas horas ya se conocía en todo el mundo el hecho. Para lograr justicia y verdad se debe desmontar todo el aparato político y jurídico que lo trata de mantener oculto. En ocasiones, la violencia que estalla ante la vista de todo mundo, oculta las causas, niega las intenciones, deforma sus orígenes. Es el caso de Samir Flores Soberanes, a tres meses de su asesinato, sin resultado alguno en las investigaciones, sin detenidos ni culpables.
Una expresión terrible de la crisis de derechos humanos que se vive en el país y la otra expresión de la barbarie que a nivel mundial se vive como crisis civilizatoria es el feminicidio como la práctica extrema de todas las violencias contra las mujeres.
Crear una conciencia de respeto a los derechos humanos y el avance de las luchas por los derechos de las mujeres y la mayor conciencia de su condición, ha llevado décadas de lucha de feministas y organizaciones defensoras de derechos humanos, por lo que es inaceptable que ahora resulte que se haya desatado exponencialmente la violencia contra las mujeres y su extremo, el feminicidio.
Ciertamente detrás de ello está el peso de la estructura y la ideología patriarcal que sostiene al sistema capitalista. Pero esta condición no es nueva ni reciente; por el contrario. Los efectos del neoliberalismo estas décadas, sin embargo, sí han contribuido a fortalecer el sexismo y la violencia contra las mujeres. Pero con la descomposición social iniciada con la militarización y la guerra contra el narcotráfico, la violencia se ha extendido por todo el país, adquiriendo niveles de barbarie extremos que incluye todas las formas de violencia contra mujeres y niñas, así como contra toda forma de diversidad sexual.
En la lucha contra el feminicidio, desapariciones y todo tipo de violencias, debemos concluir que estamos enfrentando una construcción política históricamente determinada que debe y puede derrotarse para así defender y recuperar todos los derechos humanos para todas y todos.

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